Fotografía cortesía de Wikipedia

La universidad es para zopencos

Guillermo Padilla

Guillermo Padilla

Cinco años en la universidad, más un año de especialización pareciera que para el sistema laboral no es suficiente. Mis títulos académicos y mi experiencia profesional equivalen a dos salarios mínimos en Latinoamérica; aunque si supiera hablar y leer perfecto inglés, equivaldría a 2,5 salarios mínimos.

Es una pena, pero mi profesor de marketing tenía razón: El mundo es de los vivos.

Para ser profesional y tener éxito en lo laboral, toca ser «vivo», lo que significa tener una palanca o un contacto que te enchufe a una buena empresa.

Esa ilusión de estudiar, graduarse y encontrar el primer empleo quedó en el pasado. Ahora la más tetona, el más avión, el hijo del amigo del dueño o el primo del sobrino del gerente son los que consiguen las mejores ofertas de trabajo.

¡No los critico! Ojalá pudiera tener un contacto o una palanca, seguramente ya me habría enchufado también. No vengo a escribir lecciones de moral, porque no viene al caso.

Ser alguien en la vida

Desde que era un niño escuchaba: «hay que estudiar para ser alguien en la vida». Mi pregunta es: ¿Qué significa ser «alguien» en la vida? Supongo que ser «alguien» en la vida es estudiar hasta terminar el bachillerato, ir a la universidad, luego especializarse para ir por un doctorado con el que por fin se puede competir en el volátil y salvaje mercado laboral donde hay que esforzarse para conseguir un puesto de trabajo donde al menos paguen unos 4 millones de pesos colombianos (800 dólares americanos).

Sin olvidar que dentro de esta atroz competición se encuentran los excesivos «doctores» desempleados y los «palanqueados» que tienen contactos en no sé donde y tienen preferencia a la hora de conseguir el puesto de trabajo.

Si tienes mucha suerte, encuentras un trabajo sin necesidad de palancas ni contactos; pensaría uno que todo acaba ahí y que colorín colorado, este cuento se ha acabado, pero no, ahí empieza la lucha laboral;  pensar en dejarse explotar, dejarse gritar por el jefe, hacer horas extras, trabajar bajo presión, ser humillado y esforzarse por no perder el trabajo para no engrosar nuevamente la larga lista de desempleo.

El problema de las pensiones

 

El clima laboral en Latinoamérica es malo. ¿Por qué? Porque las ofertas laborales escasean y la gente por temor a perder su puesto de trabajo está dispuesta a hacer lo que sea para conservar ese puesto. Muy contrario a lo que sucede en el primer mundo, donde si sientes que te explotan, renuncias y al otro día encuentras otro trabajo con mejores condiciones.

Así que, siguiendo en el plano latinoamericano, al profesional que por suerte encuentra su primero empleo a los 24 años, le toca pasar de 30 a 40 años bajo el mismo patrón de explotación laboral, estrés y presión para alcanzar la nueva meta que el sistema le vende a la mayoría: la pensión.

La pensión es real, pero a veces utópica. Se dice que sólo el 30% de las personas que empiezan su vida laboral desde jóvenes alcanzan a pensionarse y menos en estos tiempos cuando el sistema público de pensiones pareciera que colapsará dentro de unos años y todos se vean obligados a empezar a ahorrar su pensión en un fondo privado (que tampoco es garantía de estabilidad).

Definitivamente, si así es «ser alguien» en la vida, prefiero no ser nadie.

La universidad es una fábrica de desempleados

No quiero criticar del todo a la universidad porque la educación debería dignificar al ser humano, se supone que la auténtica educación tiene que crear seres humanos libres, autónomos y de libre pensamiento, pero pareciera ser que la universidad se ha fijado en la simpleza de la transacción monetaria al inscribir por inscribir para luego egresar por egresar; y no en su auténtico propósito de crear ciudadanos libres e independientes.

La universidad es una fábrica de desempleados. Hay taxistas, carpinteros, marqueteros, panaderos, herreros, mecánicos, plomeros y un sin fin de labores que no son tan atractivas para los jóvenes, pero que en definitiva son más lucrativas.

Hay jóvenes que sueñan con ir a la universidad porque presumen que luego de egresar y «ser alguien» en la vida podrán salir de la pobreza, pero la realidad es otra. Muchos profesionales con máster y títulos de doctores hundidos en el desempleo y la pobreza.

La universidad la han vendido como el camino hacia la superación, pero la verdad es que si usted no tiene «palanca» ni contactos, mejor no estudie; si a usted le gusta la plata y quiere hacerse rico, mejor no estudie.

La universidad sólo debe ser para los que amen su profesión. Necesitamos más ingenieros abnegados, médicos dedicados, arquitectos soñadores y periodistas ambiciosos.  La universidad no es para todos. Hay gente que en su vida ha pisado un colegio y hoy tiene más dinero que mil doctores juntos.

Yo también fui un zopenco

Yo pasé por la universidad, no me arrepiento, aunque sí me siento un imbécil. Entré a una universidad con expectativas, sueños e ilusiones, pero descubrí que la mejor universidad fue cuando me gradué y tuve que enfrentar la realidad de la vida profesional.

En Colombia hay un 17% de desempleados. Algunos quedaron desempleados por la pandemia, pero antes del Covid, un 12% de la población activa ya estaba desempleada.

El desempleo es un mal que se combate con civilidad, con capitalismo, con inversión, con emprendimiento.

No necesitamos más egresados para engrosar la lista de desempleo. Necesitamos más emprendedores, más empresarios, más jóvenes soñadores que dejen de soñar en encontrar un empleo y empiecen a soñar en montar su propio negocio.

Me preocupa la juventud latinoamericana; una juventud resignada al desempleo, a achacar sus males a los malos gobiernos, en la desidia del no poder superarse; cuando la realidad es que la superación no depende de cambiar o no un gobierno, la superación y el alcance de sueños va mucho más allá del entorno y se encuentra muy en el interior de cada ser humano.

Necesitamos enviar un mensaje optimista a los jóvenes, empoderarlos, decirles que en cada joven hay una gran oportunidad de superación sin importar lo que pase alrededor. No hay que venderle más humo a las nuevas generaciones. Los políticos no se pueden aprovechar del sueño de los jóvenes para conquistar votos y luego defraudarlos, porque eso es lo que siempre va a pasar.

Propongo un sueño

En Colombia hay 5 millones de personas en edad para laborar que no tienen empleo, ¿qué tal si de esos millones, al menos un millón decide emprender un negocio propio? En cuestión de dos o tres años, ese millón estará creando empleo para esos otros 4 millones de desempleados.

¡Eso es lo que necesitamos! Un país de emprendedores, de panaderos, de comerciantes, de herreros, de carpinteros, de marqueteros, de empresarios, de peluqueros que montan su propio negocio, de pasteleros; y en general, un país con una clase media fortalecida que aporta al país y ayuda a los más pobres a salir de abajo creándoles puestos de trabajo.

La universidad, muy poco ayuda y los políticos en nada ayudan.

 

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